El viejo solitario

Cine GuerreroAún continúa luchando por su supervivencia, rodeado de escombros y ruidos de mandarrias con quien compartir su hastío. De vez en cuando alguien se sienta a contemplar las imágenes reflejadas a través de su pantalla, consumida por la humedad y las manchas. Es un verdadero guerrero, de esos que luchan contra proyectores rotos, mala propaganda y la soledad de una sala en penumbras.

No viví la época de las grandes colas para entrar a los cines, tan solo lo sé por la nostalgia de los cinéfilos. Cada día los DVD, memorias flash, piratas del séptimo arte, la escaza publicidad y el deterioro de los cines en Camagüey atenta contra la visita de espectadores.

Tal vez soy demasiado romántica porque, aunque el cine Guerrero tenga malas condiciones de proyección, sonido y no cuente con aire acondicionado, lo prefiero antes que la fría sala de mi casa con un televisor PANDA. Disfruto la complicidad del teatro a oscuras, la enorme pantalla que me sumerge en el clima de la película, sin interrupciones telefónicas ni llamadas a la puerta.

En los días pasados del XIX Taller de la Crítica Cinematográfica sufrí la poca asistencia del público al viejo Guerrero. Hubo días que tan sólo estábamos la él y yo. Comprendo que cada ciudadano no debe perseguir las obras de Fellini, Hitchcock o Truffaut, pero me costó trabajo comprender cómo tampoco asistían a las producciones más actuales.

El jueves 14 de marzo Luciano Castillo, reconocido por su labor de crítico e historiador del cine cubano, tuvo que presentar La vida de Pi, premio Oscar 2012, ante un recinto prácticamente vacío. El filme posee una belleza visual y un contenido filosófico tan profundo, que resultó una pena no ver ocupadas ni la mitad de las lunetas. La exquisita fotografía y el entramado reflexivo detrás de la historia de Pi no hubiesen tenido el mismo efecto en mí sin la complicidad de una sala a oscuras y el reflejo de las imágenes a gran tamaño que me invitaban a viajar junto con Pi.

Habrán cambiado las formas de consumir el cine y ahora algunos pueden contar en sus casas con enormes pantallas de alta calidad, pero su función social sigue allí. Todavía hay personas que se toman las manos escondidos en la oscuridad del teatro y recuerdan el sitio como el inicio de un romance placentero. Aquellos que no encuentran compañía para ir a una proyección, disfrutan aún del placer de compartir sus experiencias con otros espectadores y juntos construir la película.

Aún veo el cine como ese espacio necesario para socializar y completar la obra del director. La riqueza de compartir lágrimas, risas y disquisiciones intelectuales sobre un audiovisual no la cambio por la frialdad del televisor.

En Camagüey habrá que repensar seriamente la propaganda para atraer al público a las salas. Por el momento pongo mi esperanza en el proyecto de la calle de los cines para el aniversario 500 de la ciudad. Si los carteles no funcionan, pues habrá que salir con altoparlantes a anunciar las películas como lo hacía el ya desaparecido Tororico.

La muerte de las salas de cine no ha llegado, aunque algunos se enfrasquen en anunciarla, pero debe variar la manera de acercar al pueblo a las proyecciones cinematográficas. A lo mejor algunos pensarán que es exceso de romanticismo, pero el placer que sentí al ver Bailando en la oscuridad de Lars von Trier en 35 mm, no fue para nada parecido a las dos veces que la vi en la televisión.

Aunque no tenga más compañía que las lunetas vacías, no abandonaré el Guerrero porque él es cómplice de mi cinefilia y horas de viajes por lo real e irreal. La pantalla grande revoluciona mis sentidos y, pese a las machas amarillas, no puedo evitar la tentación de sentarme a redescubrir la magia del cine. A esas horas deja de importarme la soledad del espacio y la rutina de todos los días. Por eso, siempre que puedo, le doy una vuelta a este viejo solitario para compartir junto a él la eterna pasión del séptimo arte.

2 comentarios en “El viejo solitario

  1. Comparto tus ideas Susi, aunque quisiera tener tu fuerza de voluntad. Sé que en la oscuridad y con pantalla grande el cine se disfruta más, pero me cuesta todavía venir de tan lejos. Sin embargo, si recuerdo cuando mi papá me lleva al cine cuando era más pequeño y le hacía ver conmigo dos o tres tandas seguidas de Tarzán o Kink Kong. Es cierto que la propaganda tiene que mejorar, sino el cine de verdad perderá su objeto social

  2. Antes o después, también llegara a esa isla las minisalas. Entonces prepárate para ver cierto resurgir. Aunque que decirte, sin el encanto de esos cines de siempre. Mas bien, salas impersonales con sonido impresionante y concebido como negocio de consumo rapido…

    Por cierto conozco ese cine y esa ciudad y dentro de el…Hace un calor de narices. Saludos

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