Amanecer

Amanecer Casi amanece. Bretón me despertó más temprano de lo habitual para llevarme al malecón y saludar el inicio del día, el despertar del Sol sobre el mar. Llegamos demasiado temprano, aún la noche nos acompaña, aunque ya comienzan a verse el cielo naranja frente a nosotros.

Aún continúan en sus botes los afanados pescadores en la búsqueda del sustento, el alimento para no śe qué cantidad de bocas y estómagos. Nosotros esperamos ver el Sol, mientras ellos en el silencio del mar aguardan los peces. No sé si tornarán su mirada al amanecer o tan solo se sumirán en los pensamientos de subsistencia que los acompaña a cada hora.

A esta hora áun puedo ver la Luna y junto a ella viene a mis oídos, para perturbar el silencio, el Claro de Luna de Debussy. ¡Cuánto misterio esconden estas horas!, o tal vez soy yo quien se enfrasca en ver más allá de lo visible.

Llevamos frente al mar más de una hora. La gente nos pasa por al lado corriendo sin ver lo que ocurre frente a sus ojos o quizás ya estan cansados de ver la misma escena. Aunque para mí la salida del Sol siempre será diferente. Nunca logrará los mismos colores ni tonalidades. En mi andar por distintos parajes de Cuba jamás he visto uno que se parezca a otro.

Son algo más de las siete y ya comienzan a apagarse las luces de la ciudad. Se acerca el ritual sagrado. El instante en que Helio pasa frente a nosostros con su carro “tirado por toros de fuego” y nos deja un nuevo Sol.

Justo al lado del Morro las nubes se tornan naranja y dejan ver un círculo casi perfecto. El amarillo usual con que suele representarse el astro rey no apareció hasta una hora después. Este es el tiempo de los maestros del Barroco y los tonos claroscuros. El anaranjado del Sol llena el horizonte y devela la grandiosidad de la Madre Tierra, quien nos regala instantes únicos.

Quisiera retener en mi retina y mi memoria este amanecer. No solo fue la presencia de Bretón, su mirada perdida en el horizonte. Este Sol llegó más allá de mi imaginación y apreciación visual. Nunca había visto uno tan hermoso sin los rayos que queman y ofuscan los ojos. Apareció sereno, con los acordes sublimes de uno de los conciertos para dos violines de Johan Sebastian Bach.

Ya amaneció. El Sol comienza a quemarnos las pupilas. Bajamos del muro del malecón habanero en silencio, con la sensación de que hemos vivido uno de los instantes más sublimes de la vida.

Viaje al séptimo continente

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A penas me acostumbro a la idea de que regresé a la vida ordinaria, al tiempo de los problemas y conflictos cotidianos.

El séptimo continente sigue allí, pero yo volví sin deseos de caminar por la ciudad, me acostumbré demasiado pronto a respirar el aire puro, sentir el barro rojo bajo mis pies y percibir la conexión con la naturaleza, esa paz eterna que tan solo ella puede ofrecer.

Las cavernas son uno de los grandes misterios que la Madre Tierra le brinda al hombre, el séptimo continente aún por descubrir. Tras la búsqueda de un nuevo mundo, a más de 40m bajo el suelo, fui hace unos días con el Grupo de Estudios Geográficos, Espeleológicos y Medioambientales (GEGEM).

Antes de partir, agoté todas las posibilidades imaginativas para describir el lugar, pero la realidad desbordó mis pensamientos. El sistema cavernario México, del que tan solo conocí una parte, resulta enigmático y un reto a la osadía de cualquier persona atrevida. Hasta ahora las únicas entradas son verticales y la boca de El Saco es la de más fácil acceso, al menos hasta el momento, tiene alrededor de 10m de altura.

El primer reto que debí enfrentar fue aprender a bajar con un arnés y desplazarme con los pies apoyados en el diente de perro. La bajada no me preocupó, pero sí la subida que requirió escalamiento, aunque siempre con un arnés para la seguridad.

Al principio pensé qué podría hacer yo más de ocho horas dentro una cueva y creí que el tedio me consumiría, sin embargo, a penas sentí el tiempo, descubrí el placer de no perseguir minutos y horas. Allí dentro quedé atrapada en el enigma de México. No importa que afuera llueva, llegue la noche o pasen las estaciones, dentro siempre será igual el ir y venir de murciélagos y la temperatura continuará fresca.

Todo parece estático. La mirada se pierde entre estalagmitas, estalactitas y salones con galerías laberínticas aún por explorar, con piedras agrestes que parecen enormes cuchillos afilados. Sigue leyendo

Mujer con la casa a cuestas

Las SalinasDesde que el viento comenzó a acariciar mi rostro fuera de la ventanilla del tren 14, auguré un viaje diferente. En mi mente recreé pantanos, cocodrilos y el verdor de la vegetación. Visualicé mi rostro llenó de sudor de tanto caminar, el constante picar de los mosquitos y mi cuerpo exhausto.

Con el paso de los días, esas imágenes quedaron borradas por la realidad, la Ciénaga de Zapata va mucho más allá del fango y los caimanes, es una experiencia que hace falta vivirla para comprenderla y no quedar atados a las representaciones de los libros y el cine.

El acercamiento al lugar estuvo acompañado por una guerrilla de blogueros de diferentes partes de Cuba, seguidos por la complicidad de escribir realidades o ficciones desde distintas miradas. En una guagua Girón invadimos Pálpite (pueblo de la Ciénaga) y conocimos el significado de hacer arte en precarias condiciones.

En aquel lejano sitio descubrí Korimakao, un grupo de teatro comunitario fundado hace 21 años por el reconocido actor Manuel Porto. En su sede montamos nuestro campamento y entre colas para el baño y luces encendidas a las seis de la mañana que indicaban la hora de levantarse, recordé mis años de preuniversitario.

A Korimakao lo guardo en mi memoria como el vivo ejemplo de la persistencia. Se trata de gente que con poco o nada intenta crear y comunicar su obra entre comunidades de humedales, llanuras y montañas. Varias veces al año colocan su hogar en las espaldas y comienzan el peregrinar por sitios a veces inimaginables. Al igual que ellos, yo también paso parte del tiempo con la casa a cuestas.

De los disímiles sitios del municipio más grande del país pude conocer algo de la Cueva de los Peces, Soplillar y Las Salinas (reserva ecológica). Cada uno es un pequeño universo dentro de la inmensa zona de pantanos.

A Las Salinas lo retengo en mis pupilas por la tranquilidad y paz que dejó en mí. Quizás no vi el prometido paraíso de aves, pero la pasividad de las aguas y esa extensión de mar que parecía no terminar, me ayudaron a percibir una pequeña parte de la vida cenagosa.

En aquellos días me sentí un poco desilusionada y disconforme, sentía que andaba por diversos parajes, pero que aún no conocía la Ciénaga de Zapata. El sentimiento continuó, incluso persiste aún, pero disminuyó durante la caminata en busca de un preciado lago, que resultó un charco poblado por las clarias.

Al regreso del frustrado andar vi al lado del camino varias casas de campesinos, con una precariedad tal que incitaban al viento a llevárselas. Miré a un hombre triste, acomodando los trozos de maderas para iniciar el proceso del carbón. En ese rostro vi la ciénaga.

El viaje resultó incompleto, hasta faltaron los cocodrilos, pero también conocí personas especiales que sienten cada letra escrita y van a favor y en contra de las mareas. Gente que sin conocerme propiciaron que pasara un feliz cumpleaños y se desvivieron por lograr la travesía.

Playa Larga al atardecer y luego en medio de la madrugada, con una luna casi llena y los juegos de Rodolfo para combatir el frío; una guerrilla de blogueros, Korimakao, Las Salinas y aquel viejo afligido, me permitieron descubrir una parte de la tierra de los humedales.

Viví la experiencia de un lugar diferente, con ocasos marcados por cierto misterio nostálgico y la incertidumbre de qué puede esconderse detrás de la maleza. Ahora tan solo me queda esperar por una nueva oportunidad para cargar de nuevo mi casa e iniciar un viaje de reencuentro y descubrimiento del fango, el mar y el carbón

Criatura sin tiempo que mira el mar

Allí sigue en pie mi lugar de desasosiego, de monólogos frente al mar y besos que persisten en la memoria. El muro de la bahía venció todo poder natural, sobrevivió a su tiempo. De haber quedado repartido en fragmentos de piedras por todo Santiago de Cuba, hubiera sido difícil reconstruir las historias de tantas personas. La nostalgia le dio la oportunidad de permanecer firme para sostener incertidumbres, romances y ofrecer el divino espectáculo de los atardeceres.

El sitio llegó a mí sin pensarlo, luego del estropeo de un viaje de Baracoa. Por la causalidad de momentos inexplicables de la vida, esa noche no pude irme para Camagüey. En la terminal de ómnibus, abrumada por el calor y la desesperación, apareció el “muchacho de la bahía” quien me acompañó hasta mi casa al ver que ese día ninguna lista de espera estaba a mi favor. Llegué, dejé la mochila y acepté su invitación de ir a conversar en el puerto; quedé prendada de la paz que me provocó el sitio, justo en ese momento comenzó mi adicción por la Alameda.

Para ir al encuentro marino espero siempre el instante más especial: en verano, las 6 de la tarde y en invierno, las 5, justo en esos horarios comienza a esconderse el sol entre las montañas. Voy cada vez que visito la ciudad y siempre resulta una ofrenda para los ojos y el alma. Quedo prendada de tanta variedad tonal en segundos, minutos…, quisiera retener el ocaso en la mirada, guardarlo como un preciado tesoro.

En ese tiempo que le dedico a la caída de la tarde dejo atrás rutinas, preocupaciones agobiantes y hasta olvido si existe una extraña razón que me llevó hasta allí. Espero tan solo el languidecer de la luz y el reflejo de colores en el agua, le cedo el espacio a la tranquilidad y el silencio.

Desconozco el misterio de mi pasión por el lugar. Hace unos minutos, cuando comencé a escribir, tenía en mente hablar de las sensaciones que provocó en mí ver Santiago de Cuba luego de la destrucción provocada por el huracán Sandy, pero una extraña influencia dejó plasmada estas líneas sobre la relación que tengo con la bahía y los atardeceres.

Con estas revelaciones reafirmo mi condición de ser de isla. En ese muro santiaguero, acariciado por el agua salada, no encuentro preguntas ni respuestas, tan solo me dejo llevar por el declinar del día, el tránsito de luces y sombras. Allí soy una criatura sin tiempo…, una criatura sin tiempo que mira el mar.

Historia de lo terrenal y lo divino

¿Cómo no estremecerme ante lo excelso? Soltar suspiros, lágrimas y levitar mientras suenan las melodías de una música sublime. La historia de estas sensaciones ocurrió el pasado 16 de diciembre en el Teatro Principal. El día resultó todo un símbolo, una epifanía de creencias, mitos y tradiciones.

En vísperas de San Lázaro, llegó José María Vitier García-Murruz a Camagüey para ofrecernos su Misa Cubana, dedicada a la Virgen de la Caridad del Cobre. El concierto cerró la primera parte de una gira nacional iniciada el 24 de noviembre.

Vitier trajo a la ciudad de las iglesias su visión cubanísima de una música sacra que forma parte de nuestra historia y cultura: la misa. Los cantos gregorianos como el Kyrie o el Gloria, en el Medioevo de un sentido tan solemne y monasterial, Vitier los convirtió, junto con violines, claves y tambores, en melodías que ofrecen al público creaciones impregnadas de la identidad musical de Cuba. Sigue leyendo

Tarde para Aranjuez

   En un domingo triste, de soledades y tedio citadino, llegó a mí el Concierto en Aranjuez  de Joaquín Rodrigo.

  El destino, la casualidad o la causalidad quiso que aquella tarde no llegara a tiempo para ver la puesta en escena de Calígula por el teatro El Público. Dispuesta a no regresar a descansar, a intentar dormir y dejar pasar el tiempo, continué mi camino en busca de otras opciones. Sigue leyendo

Huellas de una Habana

En el malecón la gente piensa la vida.Hace pocas horas regresé de La Habana, pero no escribiré sobre la capital, la ciudad endiosada por muchos. Me interesa su gente, los estados de ánimo que pululan en el aire.

Los rostros, ilusiones, esperanzas y fe son casi iguales en toda Cuba. La diferencia de La Habana con el resto del país está en el mar, en su malecón. Allí las personas tejen historias, ríen, lloran, piensan…, sobre todo eso, piensan la vida. Sigue leyendo