Frente al muro

  La Desconocida monologaba día tras día en cualquier lugar: No sé por qué esta melancolía, estos deseos incansables de estar cerca del mar. Esas pretensiones de poder elegir el lugar hacia donde quisiera encaminar mis pasos permanecen siempre cerca de mí como sombras. Los temores de quedarme inmóvil no se alejan.

  Junto al mar siento que todo es posible, que puedo luchar contra las olas sin el constante temor a morir ahogada. Aquí me siento asfixiada. El aire me parece demasiado cargado de inmovilismo, de gente que se contenta con poco, incapaz de lanzarse en busca de pasiones y utopías.

  Cada vez que trato de pensar cómo será mi vida dentro de diez años, me imagino viajando. No puedo luchar contra la añoranza de conocer, de llorar frente a ruinas de ciudades olvidadas y bañarme en ríos desconocidos por el mundo civilizado. Sigue leyendo

La tarde dejó de ser gris

 

  Era una tarde gris, de lloviznas y tristezas. Un acto bajo, vil (que no tiene sentido narrar) de cierto ser humano la hizo desconfiar en el hombre, ese que dice ser el animal superior. Juró no confiar.

  Su personalidad susceptible hizo su entrada en la historia y la adentró en un profundo pesimismo. Pero la tarde comenzó a levantar y apareció otro ser humano que le enseñó a no convertirse en absolutista; así redescubrió la existencia de la nobleza.

  Caminaron por calles llenas de charcos de agua, el ocaso comenzaba a jugar con su magia de colores. Llegaron a un pequeño lugar, un rincón bohemio de La Habana.

  Risa, poesía, trova y cervezas inundaban el aire del espacio. La gente compartía sus canciones sin importar esas formalidades de presentaciones o distanciamientos por cuestiones de procedencia. Allí reencontró el poder de la música y la poesía.

  En aquel sitio conocía tal solo a dos personas, sin embargo, sintió que llevaba años de andanzas con esos juglares de alma, que tan solo necesitaban sus ritmos y melodías para construir utopías y cambiar el mundo.

  El aguacero que las nubes negras avizoraron, comenzó a caer y las goteras del techo a hacer de las suyas. El concierto no se detuvo. La danza continuó bajo la lluvia, mientras se escuchaban voces al compás de la guitarra. El tiempo no importaba, no tenía sentido en ese patio trovadoresco.

  Julie, con su invitación a un concierto, salvó la caída en la desesperanza. La tarde dejó de ser gris. Aunque la lluvia arruinó esos tonos indescriptibles del ocaso, la tarde dejó de ser gris.