Incertidumbre

La inseguridad de cruzar fronteras, la seguridad de que es necesario.

La incertidumbre del presente, la certidumbre de que el futuro está a miles de kilómetros del suelo que pisan ahora sus pies.

Salir de Guatemala, Honduras o Nicaragua hacia Estados Unidos convierte a cada persona, a partir del día que toma la decisión, en un ser invisible, para los ojos públicos solo formarán parte de la masa amorfa de emigrantes. No sé si algunos valorarán los riesgos, pensarán que pueden quedar bajo tierra en alguna parte del camino, pero si lo saben o lo imaginan prefieren lo incierto antes que la certeza de que deben seguir una vida insegura en el lugar que llaman hogar. Sigue leyendo

Viaje al séptimo continente

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

A penas me acostumbro a la idea de que regresé a la vida ordinaria, al tiempo de los problemas y conflictos cotidianos.

El séptimo continente sigue allí, pero yo volví sin deseos de caminar por la ciudad, me acostumbré demasiado pronto a respirar el aire puro, sentir el barro rojo bajo mis pies y percibir la conexión con la naturaleza, esa paz eterna que tan solo ella puede ofrecer.

Las cavernas son uno de los grandes misterios que la Madre Tierra le brinda al hombre, el séptimo continente aún por descubrir. Tras la búsqueda de un nuevo mundo, a más de 40m bajo el suelo, fui hace unos días con el Grupo de Estudios Geográficos, Espeleológicos y Medioambientales (GEGEM).

Antes de partir, agoté todas las posibilidades imaginativas para describir el lugar, pero la realidad desbordó mis pensamientos. El sistema cavernario México, del que tan solo conocí una parte, resulta enigmático y un reto a la osadía de cualquier persona atrevida. Hasta ahora las únicas entradas son verticales y la boca de El Saco es la de más fácil acceso, al menos hasta el momento, tiene alrededor de 10m de altura.

El primer reto que debí enfrentar fue aprender a bajar con un arnés y desplazarme con los pies apoyados en el diente de perro. La bajada no me preocupó, pero sí la subida que requirió escalamiento, aunque siempre con un arnés para la seguridad.

Al principio pensé qué podría hacer yo más de ocho horas dentro una cueva y creí que el tedio me consumiría, sin embargo, a penas sentí el tiempo, descubrí el placer de no perseguir minutos y horas. Allí dentro quedé atrapada en el enigma de México. No importa que afuera llueva, llegue la noche o pasen las estaciones, dentro siempre será igual el ir y venir de murciélagos y la temperatura continuará fresca.

Todo parece estático. La mirada se pierde entre estalagmitas, estalactitas y salones con galerías laberínticas aún por explorar, con piedras agrestes que parecen enormes cuchillos afilados. Sigue leyendo