La ilusión del pez

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¿Quién es Dios, dónde está? ¿Quién soy yo?

Se preguntaba el pescador mientras alzaba el cordel vacío. Llevaba una semana de pesadumbre y desespero, su anzuelo no capturaba ni un pequeño pez. Si realmente él existía y no era parte de una historia de ficción, entonces el destino le había preparado un camino tétrico. Pero qué tal si tan solo era la representación de alguien, ¿podría darse cuenta?; ¿y si su vida era una mentira?

Mientras estos pensamientos abrumaban su cabeza se percató de que algo desde abajo halaba su mano. Por el tirón que le daba a su brazo debía ser un pez bastante grande, lo suficiente para alimentar a tres bocas en el día.

Tiró del cordel cuidadosamente, pero con fuerza. Luego de tantos días comiendo sopa de ajo y harina, ya podía sentir el sabor del pescado en su boca. Cuando al final tuvo el anzuelo ante sus ojos vio que estaba vacío. Era todo una ilusión.

Amanecer

Amanecer Casi amanece. Bretón me despertó más temprano de lo habitual para llevarme al malecón y saludar el inicio del día, el despertar del Sol sobre el mar. Llegamos demasiado temprano, aún la noche nos acompaña, aunque ya comienzan a verse el cielo naranja frente a nosotros.

Aún continúan en sus botes los afanados pescadores en la búsqueda del sustento, el alimento para no śe qué cantidad de bocas y estómagos. Nosotros esperamos ver el Sol, mientras ellos en el silencio del mar aguardan los peces. No sé si tornarán su mirada al amanecer o tan solo se sumirán en los pensamientos de subsistencia que los acompaña a cada hora.

A esta hora áun puedo ver la Luna y junto a ella viene a mis oídos, para perturbar el silencio, el Claro de Luna de Debussy. ¡Cuánto misterio esconden estas horas!, o tal vez soy yo quien se enfrasca en ver más allá de lo visible.

Llevamos frente al mar más de una hora. La gente nos pasa por al lado corriendo sin ver lo que ocurre frente a sus ojos o quizás ya estan cansados de ver la misma escena. Aunque para mí la salida del Sol siempre será diferente. Nunca logrará los mismos colores ni tonalidades. En mi andar por distintos parajes de Cuba jamás he visto uno que se parezca a otro.

Son algo más de las siete y ya comienzan a apagarse las luces de la ciudad. Se acerca el ritual sagrado. El instante en que Helio pasa frente a nosostros con su carro “tirado por toros de fuego” y nos deja un nuevo Sol.

Justo al lado del Morro las nubes se tornan naranja y dejan ver un círculo casi perfecto. El amarillo usual con que suele representarse el astro rey no apareció hasta una hora después. Este es el tiempo de los maestros del Barroco y los tonos claroscuros. El anaranjado del Sol llena el horizonte y devela la grandiosidad de la Madre Tierra, quien nos regala instantes únicos.

Quisiera retener en mi retina y mi memoria este amanecer. No solo fue la presencia de Bretón, su mirada perdida en el horizonte. Este Sol llegó más allá de mi imaginación y apreciación visual. Nunca había visto uno tan hermoso sin los rayos que queman y ofuscan los ojos. Apareció sereno, con los acordes sublimes de uno de los conciertos para dos violines de Johan Sebastian Bach.

Ya amaneció. El Sol comienza a quemarnos las pupilas. Bajamos del muro del malecón habanero en silencio, con la sensación de que hemos vivido uno de los instantes más sublimes de la vida.

Criatura sin tiempo que mira el mar

Allí sigue en pie mi lugar de desasosiego, de monólogos frente al mar y besos que persisten en la memoria. El muro de la bahía venció todo poder natural, sobrevivió a su tiempo. De haber quedado repartido en fragmentos de piedras por todo Santiago de Cuba, hubiera sido difícil reconstruir las historias de tantas personas. La nostalgia le dio la oportunidad de permanecer firme para sostener incertidumbres, romances y ofrecer el divino espectáculo de los atardeceres.

El sitio llegó a mí sin pensarlo, luego del estropeo de un viaje de Baracoa. Por la causalidad de momentos inexplicables de la vida, esa noche no pude irme para Camagüey. En la terminal de ómnibus, abrumada por el calor y la desesperación, apareció el “muchacho de la bahía” quien me acompañó hasta mi casa al ver que ese día ninguna lista de espera estaba a mi favor. Llegué, dejé la mochila y acepté su invitación de ir a conversar en el puerto; quedé prendada de la paz que me provocó el sitio, justo en ese momento comenzó mi adicción por la Alameda.

Para ir al encuentro marino espero siempre el instante más especial: en verano, las 6 de la tarde y en invierno, las 5, justo en esos horarios comienza a esconderse el sol entre las montañas. Voy cada vez que visito la ciudad y siempre resulta una ofrenda para los ojos y el alma. Quedo prendada de tanta variedad tonal en segundos, minutos…, quisiera retener el ocaso en la mirada, guardarlo como un preciado tesoro.

En ese tiempo que le dedico a la caída de la tarde dejo atrás rutinas, preocupaciones agobiantes y hasta olvido si existe una extraña razón que me llevó hasta allí. Espero tan solo el languidecer de la luz y el reflejo de colores en el agua, le cedo el espacio a la tranquilidad y el silencio.

Desconozco el misterio de mi pasión por el lugar. Hace unos minutos, cuando comencé a escribir, tenía en mente hablar de las sensaciones que provocó en mí ver Santiago de Cuba luego de la destrucción provocada por el huracán Sandy, pero una extraña influencia dejó plasmada estas líneas sobre la relación que tengo con la bahía y los atardeceres.

Con estas revelaciones reafirmo mi condición de ser de isla. En ese muro santiaguero, acariciado por el agua salada, no encuentro preguntas ni respuestas, tan solo me dejo llevar por el declinar del día, el tránsito de luces y sombras. Allí soy una criatura sin tiempo…, una criatura sin tiempo que mira el mar.

Frente al muro

  La Desconocida monologaba día tras día en cualquier lugar: No sé por qué esta melancolía, estos deseos incansables de estar cerca del mar. Esas pretensiones de poder elegir el lugar hacia donde quisiera encaminar mis pasos permanecen siempre cerca de mí como sombras. Los temores de quedarme inmóvil no se alejan.

  Junto al mar siento que todo es posible, que puedo luchar contra las olas sin el constante temor a morir ahogada. Aquí me siento asfixiada. El aire me parece demasiado cargado de inmovilismo, de gente que se contenta con poco, incapaz de lanzarse en busca de pasiones y utopías.

  Cada vez que trato de pensar cómo será mi vida dentro de diez años, me imagino viajando. No puedo luchar contra la añoranza de conocer, de llorar frente a ruinas de ciudades olvidadas y bañarme en ríos desconocidos por el mundo civilizado. Sigue leyendo

Huellas de una Habana

En el malecón la gente piensa la vida.Hace pocas horas regresé de La Habana, pero no escribiré sobre la capital, la ciudad endiosada por muchos. Me interesa su gente, los estados de ánimo que pululan en el aire.

Los rostros, ilusiones, esperanzas y fe son casi iguales en toda Cuba. La diferencia de La Habana con el resto del país está en el mar, en su malecón. Allí las personas tejen historias, ríen, lloran, piensan…, sobre todo eso, piensan la vida. Sigue leyendo