Criatura sin tiempo que mira el mar

Allí sigue en pie mi lugar de desasosiego, de monólogos frente al mar y besos que persisten en la memoria. El muro de la bahía venció todo poder natural, sobrevivió a su tiempo. De haber quedado repartido en fragmentos de piedras por todo Santiago de Cuba, hubiera sido difícil reconstruir las historias de tantas personas. La nostalgia le dio la oportunidad de permanecer firme para sostener incertidumbres, romances y ofrecer el divino espectáculo de los atardeceres.

El sitio llegó a mí sin pensarlo, luego del estropeo de un viaje de Baracoa. Por la causalidad de momentos inexplicables de la vida, esa noche no pude irme para Camagüey. En la terminal de ómnibus, abrumada por el calor y la desesperación, apareció el “muchacho de la bahía” quien me acompañó hasta mi casa al ver que ese día ninguna lista de espera estaba a mi favor. Llegué, dejé la mochila y acepté su invitación de ir a conversar en el puerto; quedé prendada de la paz que me provocó el sitio, justo en ese momento comenzó mi adicción por la Alameda.

Para ir al encuentro marino espero siempre el instante más especial: en verano, las 6 de la tarde y en invierno, las 5, justo en esos horarios comienza a esconderse el sol entre las montañas. Voy cada vez que visito la ciudad y siempre resulta una ofrenda para los ojos y el alma. Quedo prendada de tanta variedad tonal en segundos, minutos…, quisiera retener el ocaso en la mirada, guardarlo como un preciado tesoro.

En ese tiempo que le dedico a la caída de la tarde dejo atrás rutinas, preocupaciones agobiantes y hasta olvido si existe una extraña razón que me llevó hasta allí. Espero tan solo el languidecer de la luz y el reflejo de colores en el agua, le cedo el espacio a la tranquilidad y el silencio.

Desconozco el misterio de mi pasión por el lugar. Hace unos minutos, cuando comencé a escribir, tenía en mente hablar de las sensaciones que provocó en mí ver Santiago de Cuba luego de la destrucción provocada por el huracán Sandy, pero una extraña influencia dejó plasmada estas líneas sobre la relación que tengo con la bahía y los atardeceres.

Con estas revelaciones reafirmo mi condición de ser de isla. En ese muro santiaguero, acariciado por el agua salada, no encuentro preguntas ni respuestas, tan solo me dejo llevar por el declinar del día, el tránsito de luces y sombras. Allí soy una criatura sin tiempo…, una criatura sin tiempo que mira el mar.

9 comentarios en “Criatura sin tiempo que mira el mar

  1. […] El sitio llegó a mí sin pensarlo, luego del estropeo de un viaje de Baracoa. Por la causalidad de momentos inexplicables de la vida, esa noche no pude irme para Camagüey. En la terminal de ómnibus, abrumada por el calor y la desesperación, apareció el “muchacho de la bahía” quien me acompañó hasta mi casa al ver que ese día ninguna lista de espera estaba a mi favor. Llegué, dejé la mochila y acepté su invitación de ir a conversar en el puerto; quedé prendada de la paz que me provocó el sitio, justo en ese momento comenzó mi adicción por la Alameda. Ver + […]

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