Frente al muro

  La Desconocida monologaba día tras día en cualquier lugar: No sé por qué esta melancolía, estos deseos incansables de estar cerca del mar. Esas pretensiones de poder elegir el lugar hacia donde quisiera encaminar mis pasos permanecen siempre cerca de mí como sombras. Los temores de quedarme inmóvil no se alejan.

  Junto al mar siento que todo es posible, que puedo luchar contra las olas sin el constante temor a morir ahogada. Aquí me siento asfixiada. El aire me parece demasiado cargado de inmovilismo, de gente que se contenta con poco, incapaz de lanzarse en busca de pasiones y utopías.

  Cada vez que trato de pensar cómo será mi vida dentro de diez años, me imagino viajando. No puedo luchar contra la añoranza de conocer, de llorar frente a ruinas de ciudades olvidadas y bañarme en ríos desconocidos por el mundo civilizado.

  Me entristecería la idea de pasar los próximos 50 años en el mismo sitio, alrededor de las viejas iglesias y escuchando las campanadas que me recuerdan a cada instante el paso del tiempo.

  Quisiera poder contentarme con poco pero no puedo, no quiero seguir atascada y vivir entre los recuerdos de personas frustradas.

  Las mismas ideas recurrentes atormentaron a la Desconocida durante años. Con el pasar de las estaciones y el cambio de época, cierta mañana logró salir de la vieja ciudad que la asfixiaba y llegó al mar, pero sin alas, las había perdido en el camino.

  Pasaba horas enteras con la mirada fija en el horizonte, trataba de darle una explicación a su vida; no la consiguió.

  Encontró al Hombre, pero fue un simple hallazgo, otro peso para sus tormentos. Era tan solo eso: el Hombre, no tenía nada más. Siguió sumida en la soledad.

  Un día, común como los demás, la Desconocida se levantó a la misma hora y se asomó por la ventana, algo había de extraño en su rostro, quizás era esa mirada perdida en el eterno mar.

  Siguió la misma rutina de siempre: prepararle el desayuno al Hombre y llevárselo temprano al muelle, el café debía tener poca azúcar. Él demoró y demoró…. Ella no lo esperó y dejó encima de las tablas del puente el plato con el pan duro y la taza de café.

  Desapareció entre las olas y el viento. Saltó el alto muro que le impedía ver la magnitud del Sol.

Un comentario en “Frente al muro

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s